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El naufragio de Filio

Arshad salta hacia la ballena con el arpón mientras Filio observa desde el barco

—Filio, es cierto que el mar puede hacerte libre —le dijo una vez su capitán—. Pero nunca olvides que, con la misma facilidad, puede encadenarte para siempre a sus tormentosas profundidades.

Arshad solía decirle esas palabras mientras lo instruía como navegante. Era un hombre rígido y austero, pero amable y paciente para enseñar a sus marinos.

O, al menos, así solía ser… Antes del accidente.

Filio no podía hacer otra cosa más que recordar esas épocas. Cuando el capitán todavía no había perdido a su hermano; cuando todavía se preocupaba por su tripulación.

Pero todo eso se sentía tan lejano.

Ahora, las agitadas olas del mar golpeaban su rostro como bofetadas. Filio apenas había logrado agarrarse a una plancha de madera que lo mantenía a flote. Bajo el cielo nublado y la llovizna, buscaba alguna señal entre las olas. Solo distinguía con claridad sus propias manos aferradas a la tabla.

Se encontró a sí mismo naufragando en el medio de la nada.

—¿Arshad? —le preguntó al vacío.

Y el vacío nunca respondió.

Dicen que un capitán se hunde con su barco. Pero Arshad no se había hundido con su barco, sino con esa maldita ballena.

Había sido arrastrado a las mismas profundidades, encadenado para siempre al fondo del océano.

A pesar de todo, Filio esperaba que su capitán emergiera en cualquier momento. Vivo, de alguna milagrosa forma y con un plan brillante para sacarlos de esa situación.

Pero, una vez transcurrido el terrible caos del hundimiento, solo quedaba el silencio.

—¿Muchachos? ¿Hay alguien ahí?

Por aquellas épocas, Filio era todavía un adolescente. Pero su cuerpo era fuerte y resistente y, al parecer, era el único que seguía a flote.

El trozo de madera subía y bajaba entre las olas. Se combaba bajo su peso y sus bordes se iban deshaciendo. Filio se preguntó cuánto tardaría en romperse por completo.

El frío comenzó a subir por su cuerpo e hizo temblar sus hombros. Adormeció sus músculos y tiñó su mente con un ligero manto blanquecino, como copos de nieve cayendo, casi flotando frente a sus retinas.

Sus ojos cedieron por unos segundos. Cuando los abrió, creyó ver de nuevo a la ballena nadando junto al barco. Arshad saltaba sobre ella con el arpón en la mano, lleno de rabia y resolución. Filio habría jurado que estaba ocurriendo otra vez.

En el pasado, Filio se dijo a sí mismo que su capitán sabría cuándo detenerse. Que, cuando llegara el momento, pondría sus vidas por delante de su deseo de venganza.

Pero el odio y la obsesión lo habían vuelto loco. Tanto era así que, a pesar de que todo se estaba derrumbando y las vidas de su tripulación estaban en juego, lo único que le importaba era cazar esa maldita ballena.

¿Por qué no había abandonado el barco? ¿Por qué había sido tan tonto de confiar en alguien así?

Lo había seguido hasta la muerte… Pero él se sentía muy joven como para morir allí.

Filio cerró nuevamente los ojos y se dejó acunar por las olas, la oscuridad y los pequeños copos de nieve que aparecían en su inconsciencia; el frío lo reclamaba.

Finalmente, abrió los ojos una vez más. Entre dos crestas de agua creyó ver un destello en el horizonte. Lo perdió cuando la tabla descendió y esperó, sin fuerzas para alzar la cabeza, a que la siguiente ola lo elevara otra vez.

Allí, una bandera flameaba a lo lejos; una bandera que apenas lograba distinguir.

La observó por unos segundos, esperanzado.

Hubiera podido jurar que esa bandera pertenecía a la Armada de Senaga.

Escuchó un ruido; sonaba como la sirena de un barco. Luego se desmayó.