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Las pesadillas de Alorath

Una figura oscura avanza por una tierra arrasada bajo un sol abrasador

—¡No entiendes cómo se siente! ¡No lo has visto!

La voz de Alorath resultaba histérica. El niño se había despertado gritando en medio de la noche, y tanto sus padres como su hermano habían acudido en su ayuda. Desde que se habían trasladado hacia el sur de Asgard, los episodios estaban empeorando.

En todos sus sueños había amanecido. El sol brillaba en el horizonte, por encima de la Cordillera Ártica. Los rayos le quemaban el rostro y los brazos. El calor lo oprimía. Lo asfixiaba. Cada intento de respirar le abrasaba los pulmones. Y él seguía luchando por tomar aire.

Entonces los glaciares cedían y solo quedaba una tierra inerte y desolada. Y el mundo ardía y la luz se apagaba; y siempre era lo mismo.

De esa forma, cada noche lo veía aparecer delante de él.

Contemplaba un ente que se movía pensativo a través de la tierra en ruinas. Estaba envuelto en un manto tan oscuro como la noche sin estrellas, que caía hasta el suelo y se confundía con una densa niebla.

Al verlo, el niño luchaba, jadeaba y se retorcía ansiosamente; moría. El ser continuaba su camino con indiferencia.

«¿Es esto una pesadilla?», se preguntaba temblando. Entre el sueño y la vigilia, observando los dos reinos, viviendo dos realidades en un instante.

—Trata de dormir. Son solo sueños —le repetía su angustiada madre mientras lo abrazaba y acariciaba su cabeza.

—¡No sabes cómo se siente! ¡No lo has visto!

Eso era lo único que atinaba a decir; lo reiteraba una y otra vez en un desesperado trance.

«¿O esto es… la realidad?». Sentía unos brazos alrededor del cuerpo, pero no conseguía reconocer el calor de su madre. Intentaba aferrarse a esa presión, retenerla un instante más. Entonces llegaba el frío, y el deseo de llorar lo encontraba otra vez solo.

Así, antes de que el niño lo supiera, se estaba ahogando en esa tierra estéril e infernal. Y, frente a él, la entidad todavía se movía con indiferencia.

«¿Qué es este lugar?», deliberaba Alorath con enorme esfuerzo durante cada noche que se extraviaba en aquel reino onírico.

Apenas lo pensaba, la entidad se detenía con brusquedad y lentamente giraba la cabeza hacia donde él estaba. Sus ojos estaban calcinados. Pero no parecían el resultado de un infortunio; más bien parecían haber sido creados de esa forma. Los ojos eran lo único reconocible en aquella oscuridad sin facciones. Y, cuando hablaba, no abría la boca. No necesitaba hacerlo. Pero siempre respondía:

—Es el destino del mundo —le susurraba siempre antes del despertar, respondiendo la pregunta que Alorath no había puesto en palabras.

Otra vez, como ya era una costumbre, Alorath terminó de despertarse lanzando un grito desesperado. Y cuando su madre se aferró a él intentando calmarlo, como todas las noches, la rechazó.

—¡No sabes cómo se siente! ¡No lo has visto! —exclamó histérico y continuó vociferando por un tiempo.

Luego de unos instantes, finalmente se calmó y suspiró, todavía temblando:

—No sabes cómo se siente… contemplar el final de los tiempos.