Se quedó mirando la figura que se recortaba contra el manto nocturno. El ciervo permanecía inmóvil entre los árboles, imponente y sereno, mientras las llamas danzaban sobre su cuerpo. Arin sentía el frío de la noche, pero no temblaba ante la visión: había crecido escuchando las historias de su pueblo y sabía que esta oportunidad se les presentaba a muy pocos en la historia.
La posibilidad de impulsar un cambio…
El espíritu del bosque ardiente, así lo llamaba su pueblo. Para los kiskileos, el ciervo de fuego era un emisario. Un ente que solo se revela ante la persona indicada: una sola persona cada cien años. Su aparición siempre ha sido un presagio de grandes cambios, aunque es imposible determinar si serán cambios buenos o malos. Siempre el ciervo ardiente busca iniciar una revolución. Busca impulsar un quiebre en las eras. Sin embargo, nunca nada sucede. Nunca nada se modifica.
—El espíritu por su cuenta no significa nada —le había susurrado su madre una tarde mientras caminaban entre los árboles—, porque para impulsar un cambio, cualquier cambio, hace falta un intérprete.
—Y nadie supera las pruebas del fuego… —se repitió Arin mientras su mirada se perdía en la profundidad de la noche oscura.
El ciervo lo observó y sus ojos brillaron como un cúmulo de brasas ardiendo, aunque no había en ellos amenaza alguna. Más bien emanaban una invitación silenciosa, un llamado ancestral que resonaba en lo más profundo del alma de Arin.
Un viento súbito hizo temblar las hojas a su alrededor y las chispas del pelaje ígneo del ciervo saltaron en todas direcciones como luciérnagas escapando de la luz del día. Arin dio un paso hacia adelante, sintiendo el calor sobre la piel enfriada por la noche. Otro paso, y luego otro más, cada uno más firme que el anterior.
—¿Crees que yo puedo estar a la altura? —murmuró Arin, con una voz que era apenas un susurro entre el crujir de las ramas bajo sus pies.
El ciervo ardiente inclinó la cabeza como si entendiera la pregunta y, con un bramido grave y profundo que parecía venir de las mismas entrañas de la tierra, las llamas a su alrededor crecieron aún más intensas.
Arin no retrocedió. Había algo en aquel llamado que despertaba en él un coraje que desconocía. Había escuchado tantas veces aquella historia; ahora era él quien debía responder.
—Yo puedo ser capaz de cambiar el mundo… —murmuró, recordando las palabras de su madre.

El ciervo se giró lentamente y comenzó a caminar hacia la espesura del bosque esmeralda. Arin respiró hondo; sus pulmones se llenaron del aire caliente que emanaba del espíritu frente a él. Por un instante, dejó que la distancia entre ambos creciera. Todavía podía quedarse allí. Luego adelantó un pie hacia la huella de luz que las llamas dejaban sobre el sendero.
Era el momento de enfrentarse a las pruebas del fuego.
