GaiaENCICLOPEDIA
← Fragmentos de GaiaLectura gratuita

Aquellos que viven para siempre

Una pareja contempla las estrellas bajo un gran roble

Ella lo conoció por primera vez bajo las estrellas, en la era anterior a la llegada de los barcos plateados. Aunque los kiskileos vivían en tribus, eran tiempos más tranquilos y había menos palabras para la violencia y la guerra en ese entonces. El último patriarca de la tribu acababa de morir y se estaba celebrando su año conmemorativo. Incluso los otros clanes, distribuidos a lo largo del continente, le rendían tributo a su memoria. Pero todo lo que podía recordar de esa época era el día que lo conoció a él.

Estaba tumbada en el campo mirando las estrellas que brillaban sobre su cabeza. Podía ver a sus antepasados brillando y haciéndole compañía. Entonces, con cierta timidez, él se había acercado y le había pedido sentarse allí junto a ella. Poco después había comenzado a señalar a sus propios antepasados —los que había llegado a conocer— y a describir todos los estúpidos modales y peculiaridades que solían tener.

Ella se rió y comenzó a señalar las estrellas de su propia familia.

Esa noche se enamoró de aquel joven de pelo largo y castaño, que la miraba con tiernos ojos que hacían juego con su piel cobriza.

Así pasaron los días juntos mientras algunas noches volvían a sentarse para observar el firmamento.

En aquel entonces paseaban por los campos. Él trataba de alcanzarle la mano y ella se reía, girando con gracia fuera de su alcance. Sobre ellos brillaban sus antepasados y el viento fresco susurraba entre los árboles. En las cálidas noches de verano, yacían abrazados en los campos de brezos, debajo del tapiz centelleante. Sin decir una palabra. Sintiendo todo.

Un día, su amado señaló un punto vacío en el cielo, entre el gran arco de constelaciones gemelas. Allí tendrían algún día una constelación propia. Si él partía primero, la esperaría en ese lugar, centelleando en los sagrados pasillos de la eternidad, hasta que pudieran reencontrarse.

Incluso en ese entonces, muy pocos recordaban los viejos caminos. Aún menos los practicaban. Pero todavía persistía el ritual para unir las almas de los fallecidos al firmamento.

Con esa promesa de compartir una constelación gemela, él le pidió matrimonio.

Eran tiempos más tranquilos y ella los recordaba con cariño, pero era gracioso: no podía recordar mucho más de esa época. Todo se trataba de él; de bailar, de besar, de amar y ser amada.

Los recuerdos eran hermosos y exuberantes. Las noches eran más tranquilas y los veranos más cálidos. En ese entonces, las estrellas eran menos, la luna era más brillante y sus manos nunca notaron tanto el frío como lo hacían ahora.

Tal es la juventud, que los jóvenes la desperdician. Tal es el tiempo, que se mueve más rápido cuando somos más felices. Tal es la vida, que finalmente terminan las eras y cambian los cursos del destino.

Los kiskileos no eran inmortales, pero encontraban la eternidad uniendo sus almas en el firmamento, creando constelaciones desde las cuales podrían guiar a todo aquel que se quedaba atrás.

Tras la muerte de aquel patriarca por vejez, su hijo y sucesor tomó el liderazgo y convocó a todos los clanes para hacer retroceder a los invasores que arribaban silenciosamente desde el mar. Los barcos plateados llegaban desde el horizonte y roían los márgenes de su antigua forma de vida. Al principio, vinieron de a uno. Pero, por más que se esforzaron los nativos, ellos nunca se detuvieron. Por desgracia, en los años que siguieron, muchas más estrellas terminaron uniéndose al cielo nocturno en forma prematura.

No hubo un año conmemorativo tras la muerte del segundo patriarca, ni tampoco tras la muerte del tercero. Y ninguno de ellos murió de vejez. Para cuando el cuarto patriarca que ella conoció en vida tomó el cetro de roble para liderar la tribu, todo el continente de Odaria se estaba desintegrando alrededor de los nativos kiskileos.

Los extranjeros ya estaban tierra adentro y no se detenían ante nada. Por aquel momento, ella se aferraba con fuerza a la mano del hombre que amaba, pero las palabras guerra y violencia se habían vuelto parte de la cultura de su pueblo.

La juventud había terminado…

La pareja une sus manos durante la ceremonia bajo el roble

Por sobre el miedo y la roedora incertidumbre que le produjo aquella época, también recordó su compromiso matrimonial en esa cálida noche de verano bajo el Viejo Roble, con el hijo y sucesor del primer patriarca atando suavemente sus manos con un lazo blanco y las estrellas como testigos. Ella podía recordar cada detalle de esa noche como ninguna otra.

Todavía podía oler las flores ahora extintas que llevaba en el pelo y sentir el vestido suelto sobre sus muslos. Todavía podía recordar su sonrisa mientras le enderezaba la camisa y le echaba hacia atrás su largo cabello castaño. Y todavía podía recordar el cielo despejado y luminoso mientras bailaban y bailaban.

El baile comenzó salvaje y festivo y luego se hizo más lento y suave a medida que llegaba el amanecer. A su alrededor, las voces se fueron apagando; ellos todavía se mecían abrazados. Ella había metido la cabeza en su cuello y respirado profundamente su aroma, con los ojos cerrados para demorar un poco más la llegada del día.

Eran todos recuerdos eternos…

Por encima de todo, nunca podría olvidar cuando él apartó los cabellos de su rostro y la besó profundamente mientras caían al suelo. Ambos habían probado el vino de verano, que estaba más dulce que de costumbre. Mientras se reían abrazados, la joven había sentido una profundidad eterna en la compañía de su amor.

Para ella, esa época siempre tendría dos sabores: el vino de verano y la ceniza.

Mientras tanto, la guerra avanzaba para no dar tregua.

Ella intentaba comprenderlos. Quizás fue porque no disfrutaban del baile como ellos, ni del amor, ni del buen vino. Quizás porque carecían de comunión con la tierra y el firmamento. O quizás porque no podían unir sus almas a las estrellas… Pero, a sus ojos, los extranjeros mostraban placer en extender el arte de la guerra como el fuego de una mecha.

A medida que pasaban los años, ellos aumentaban en número y mordían más y más terreno.

Si bien ella siempre pensaba con nostalgia en esa era del vino debajo del Viejo Roble, tampoco olvidaría nunca el sonido de los gritos cuando las aldeas comenzaron a caer.

Fue como un reloj que anuncia el cambio de hora, alejándolos de sus amadas costumbres y dando lugar a la era de los barcos plateados.

Después de perder la primera guerra, los kiskileos se retiraron a las sombras. Alrededor de las costas, los invasores comenzaron a echar raíces.

Era una época de vergüenza y tristeza. Vergüenza de saber que habían sido completamente derrotados y tristeza al recordar todo lo que se había perdido.

Este sentimiento quedó mezclado con la ira. Y el pueblo comenzó a nombrar a un joven nativo que los alentaba a todos a seguir luchando desde las sombras, para derribar la tiranía de los extranjeros.

Ella, sin embargo, pensaba que ya había suficientes estrellas en el cielo nocturno.

Su nombre era Fein, y de sus labios surgieron discursos conmovedores para enardecer a los kiskileos rebeldes. Gracias a él, se volvieron a contar las historias del primer patriarca. Y los supervivientes se reunían y bebían de los vinos añejos, relatando las glorias de antaño.

Sintiéndose audaces por el vino y escondidos de los enemigos, estos nativos acabaron hablando de otra guerra. Bajo las ideas de este nuevo héroe, el pueblo se convencía de que podrían ganar y recuperar todo lo que les habían quitado.

Aunque ella intentó ignorar todo eso, sabía que su esposo había perdido mucho y su voz, con el tiempo, se uniría a la de los otros belicistas.

Cada noche, cuando estaban acostados en los brazos del otro, intentaba persuadirlo para que se quedara. Ella le hablaba de todo lo que tenían ahora, de todo lo que podrían llegar a tener si dejaban de luchar. Pero su esposo solo veía todo lo que habían perdido en ese entonces.

No era el único. La causa belicista convenció a los supervivientes y todo el pueblo, menos ella, eligió la venganza, la violencia y el odio.

Guerreros kiskileos descienden hacia la costa y los barcos en llamas

La segunda guerra fue mucho más breve. Los nativos lucharon con desesperación y amor a sus raíces y recuperaron terreno hasta llegar a la costa. Los últimos años los habían endurecido y sus corazones ahora entendían la violencia, el fuego y la ceniza.

Alcanzaron la victoria.

Y ella vio cómo ardían los barcos plateados en las costas, marcando el final de otra era.

Pero su amor no volvió del frente. Ella buscó su rostro entre los que regresaban, primero de pie y después sentada junto al camino, cuando ya no le quedaban fuerzas. Nadie pudo llevarla hasta él. Nunca encontró su cuerpo…

«Hay demasiadas estrellas en el cielo nocturno».

Con esa frase le habían explicado que no realizarían nunca más el antiguo ritual que vincula a los fallecidos con el firmamento. De hecho, después de la guerra, ya no quedaba nadie con vida que pudiera recordar los viejos ritos. Y sus tradiciones más importantes se habían perdido para siempre.

Cuando entendió que no volvería a ver a su difunto esposo, el dolor la desgarró y la hizo caer al suelo aullando y llorando hasta que no quedaron lágrimas en su interior.

La guerra había terminado y en los años venideros todo habría de florecer nuevamente.

Pero, aun así, su mundo se había derrumbado para siempre.

Sin él, el vino de verano ya no tenía el mismo sabor y lo único que la vinculaba a esa era perdida de su juventud era el Viejo Roble.

Pasó años rezando bajo su sombra, tratando de recordar las palabras del ritual que realizaba el viejo patriarca. A veces trataba de inventar las suyas propias. A veces solo suplicaba como si el árbol fuera una deidad; un testigo del amor que la movía.

Después de todo, ellos se habían casado a su sombra…

Y no muy lejos él le había jurado que compartirían aquella constelación gemela, donde ahora el firmamento estaba vacío.

Mientras visitaba el árbol todas las noches, su gente la observaba con pena.

Le tenían lástima porque pensaban que había dejado de vivir. Pero ella solo quería saber que él cumpliría su promesa, y que su amor la estaría esperando, brillando en el firmamento hasta que pudieran reencontrarse.

Solo entonces estaría dispuesta a seguir, y reír, y bailar, y disfrutar otra vez del vino del verano.

Una anciana contempla la estrella junto al viejo roble

Los kiskileos cuentan que el Viejo Roble se ruborizó al ver la devoción que ella le tenía a su memoria. Por eso mismo, dicen que fueron los dioses quienes cumplieron su deseo.

Una noche, ella soñó con él y volvió a estar en sus brazos en un cálido mundo onírico.

—No llores más. Ve hacia adelante —le dijo—. Yo te esperaré. Al final, viviremos para siempre.

Cuando despertó, todavía era de noche.

Y en aquel lugar vacío del cielo había aparecido una nueva estrella.

La estrella que él le había prometido…