«Dentro de Gaia, el don de la hechicería siempre fue una moneda de dos caras», reconoció el Maestro de los Elementos, sumido en sus propias cavilaciones. Quien nace con el talento para conjurar runas descubre poderes ocultos, pero también lleva consigo demonios que lo atan y lo condenan.
Tears existe desde hace siglos justamente para regular lo que antes estaba en libertad: el talento arcano.
«No solo es una academia», sabía muy bien el gran maestro. Dependiendo del caso, Tears es cárcel y verdugo para varios hombres y mujeres. Aunque eso no se llegue a vislumbrar a simple vista…
El maestro miró a la joven Luna Graywind, con sus tiernos trece años, internarse en el Bosque del Silencio y caminar incauta hacia su prueba de iniciación.
Guardando distancia, la dejó marchar adelante hasta que casi la perdió de vista.
Ella siguió su camino sin asustarse —tal como se lo habían indicado— y su mentor la observó escondido entre los árboles.
Cuando Luna llegó al cruce de caminos, dudó unos segundos y eso alcanzó para que el viento se arremolinara a su alrededor y diera presencia a una entidad que jamás había visto antes.
Era un demonio… Su propio demonio.
Ahora, un cuerpo informe y brumoso se acercaba a ella sin recelo y, sin previo aviso, los ojos de la criatura se fijaron en los de la niña con un brillo hipnótico.
Lo lógico hubiera sido que el terror se apoderara de ella. Pero Luna, tal como el maestro sospechaba, era una joven muy distinta a otras.
—Me sorprende que no muestres miedo —susurró el ente.
—¿Por qué debería tener miedo de ti? —le preguntó Luna al ser sombrío que lentamente caía sobre ella—. ¿Acaso no eres un reflejo?
Mientras todo sucedía, su mentor estaba unos metros atrás, observándola con nerviosismo.
En ese bosque, siempre durante el rito de iniciación, se forzaba a los nuevos alumnos a entrar en contacto con su sombra salvaje. Era un acto peligroso que podía terminar de muchas maneras distintas. Pero, para garantizar que todo siguiera sin problemas, la pregunta era una sola:
¿Sería capaz de establecer un vínculo?
Antaño, los hechiceros no estaban supervisados y enfrentaban a sus sombras en momentos extraños, fortuitos o desgraciados, con resultados dispares, como la muerte o la locura.
Sin embargo, estas criaturas no son reales ni tampoco son depredadores —como pensaban los primeros arcanistas—, sino que son proyecciones de los propios hechiceros.
Cuando los eruditos comprendieron esto, comenzó una nueva era para la hechicería en Gaia.
Y Tears fue fundada junto con este antiguo ritual.
Uno donde era posible que las sombras establecieran vínculos con los humanos. Donde lo imposible podía hacerse posible. Donde cada hechicero digno podía domar su sombra, y esta se moldeaba en su aura para complementarla a la perfección.
Había correlación entre la fortaleza de este vínculo y la estabilidad que a futuro tendrían los dones del arcanista en cuestión. Por lo tanto, esta prueba definía cuánta libertad le otorgaría la Academia al alumno.
El maestro tenía fe en su nueva pupila. A veces se preguntaba si Luna sería capaz de domar su oscuridad como pocos hechiceros lo lograban; si algún día pertenecería a aquel selecto grupo que podía marcharse de Tears con plena libertad.
La realidad es que no había tantas personas que superasen por completo este ritual. Porque, al fin y al cabo, las sombras se ajustan al aura de los propietarios. Y sus propietarios son, inevitablemente, demasiado humanos; demasiado volátiles.
De esta forma sucede que, si en el fondo de su corazón el alumno es cruel, la sombra será sádica… Y se lo condenará a muerte.
Si el alumno es irascible, la sombra será inestable… Y deberá ser monitoreado y supervisado. En algunos casos, de por vida.
Y si el dueño tiene curiosidad…
Luna inclinó la cabeza. La sombra se detuvo ante ella y luego volvió a rodearla, siguiendo con sus ojos el movimiento de su mano. La niña la dejó acercarse.
—Lo sabía. ¡No eres malo en absoluto! —le dijo, mientras el ente continuaba inspeccionándola con ojos curiosos.
El gran maestro sonrió. Porque, a veces, ser demasiado humano también era bueno. Y esta niña sería un claro ejemplo de esto.
No pudo evitar ponerse feliz, pues ya en poco tiempo le había tomado cariño. Luego de esta prueba, le esperarían largos años de estudio y formación en las artes del saber. Pero, si conservaba aquella estabilidad, el maestro confiaba en que ningún decano la obligaría a recluirse entre los muros de la Academia.
Sería completamente libre para ver y comprender el mundo.
