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Earl Junger

Un viajero contempla una fortaleza en ruinas

—Nadie visita nunca la fortaleza.

Michael escuchó esas palabras en el puerto de Barnet apenas arribó a las Tierras sin Rey.

—Jarred Belsrum está completamente abandonada —aclaró otro pescador—. Podríamos construir algo allí. Pero creo que no se hace por respeto a la historia.

Aunque estuviera vacía, Michael no dudó en verla personalmente. A pesar de ser rey, viajaba en cada oportunidad que tenía y buscaba conocer cada rincón del mundo. Siempre lo había hecho, y la corona que había caído en su cabeza durante la última gran guerra no le impediría cumplir sus antiguas metas. Su ambición era dejar un mapa completo de Gaia para las futuras generaciones, un mapa que reuniera las cartografías conocidas y completara sus vacíos con lo que él mismo descubriera.

Por eso no podía dejar de conocer ningún lugar histórico. Y no podía dejar pasar la historia del último dueño de las Tierras sin Rey: Earl Junger.

—Fue un tirano despiadado, un hechicero peligroso y un estratega brillante.

Al parecer, cuando los clanes se disputaban el control de la isla, Earl Junger decidió someterlos a todos y unificarla por la fuerza.

—Tras cada conquista, exterminaba a todos. Mujeres, niños, ancianos… No perdonaba a nadie.

Poco le faltó para imponer su dominio sobre los demás grandes señores de su época. Pero sus súbditos, hartos de sus maltratos y de su creciente narcisismo, le pidieron a los hechiceros de Tears que crearan un brazalete capaz de mitigar sus poderes y que nadie pudiera quitárselo después de que él se lo pusiera.

Lo engañaron para que lo utilizara y él no lo notó hasta que ya era demasiado tarde.

Todos los clanes restantes se unieron y marcharon a Jarred Belsrum para incendiar la fortaleza.

Y, a pesar de no tener todo su poder, Earl Junger se mantuvo de pie e hizo frente al asedio durante meses.

Al vencerlo, le cortaron la cabeza y decapitaron todas las estatuas que él había hecho erigir en su honor.

—Esa fortaleza abandonada nos recuerda —dijo el pescador— que las sociedades perduran, los pueblos mutan. Pero los imperios… Los imperios están destinados a caer.

A partir de ese momento, no existe un dueño absoluto de las Tierras sin Rey. Michael pasó entre las estatuas decapitadas y se detuvo ante la entrada de la fortaleza. La puerta estaba abierta. Esperó un momento, atento a cualquier ruido del interior, y entró.