—No duró mucho… —le susurró Elliot a su querido nieto, Johan.
El pequeño ya estaba creciendo y cada vez insistía más en escuchar las historias de su abuelo. Comenzaba a tomar dimensión de la cantidad de aventuras que había vivido ese dulce anciano que él conocía solo por su bondad y sabiduría, pero que los libros nombraban como el más grande héroe de la historia.
—Por fortuna, la era de los piratas en Gaia fue breve y limitada —continuó el viejo, revolviendo los cabellos del pequeño mientras este se acurrucaba entre las sábanas—. Y, si bien cuando yo era un joven fueron una fuerza salvaje que causó conmoción y sacudió los cimientos de la sociedad, su poder se deshizo tres décadas más tarde.
Elliot le contó una historia que el niño ya conocía. Se la había contado mil veces antes de dormir, y casi siempre con las mismas palabras. Pero, aun así, a Johan siempre se le iluminaban los ojos mientras se adormilaba con la voz carraspeante de su abuelo.
El anciano no pudo evitar la nostalgia al recordar lo joven que era en ese entonces… Eran otras épocas.
Cuando los piratas comenzaron a organizarse, Ferth estaba peleando con los asgareños en la Guerra de los Confines y Senaga no disponía de la incomparable flota con la que hoy pone orden en los mares.
—La mesa estaba servida y todo el mundo muy ocupado como para sentarse a comer —dijo el viejo rey mientras se reía por lo bajo—. Todo el mundo, salvo un grupo de reclusos que huyeron desde las Tierras sin Rey y se apoderaron de tres barcos de los grandes mercaderes.
Tal era entonces el desconcierto que reinaba en Gaia, tal era la falta de autoridad y la fragilidad de Ferth en aquel entonces, que solo eso bastó.
Un puñado de ladrones fracasados, sin escrúpulos y con ínfulas de revolucionarios fue suficiente como para producir una amenaza.
El pequeño grupo creció y, sin que nadie pudiera frenarlo, se volvió una nación sin tierra que reinaba sobre cada rincón del océano.
Sin embargo, eran torpes e indisciplinados y hubieran durado poco más de cinco años si no hubiera sido por la aparición de la Princesa Escarlata, la única líder que obtuvo la lealtad de todas las facciones piratas.
—¿Y era tan bella como dicen, abuelo? —preguntó el niño, saliendo momentáneamente de la somnolencia que comenzaba a atraparlo.
—Era incluso más hermosa —confirmó el anciano Elliot—. Pero jamás le comentes a tu abuela que dije eso. Se pondrá celosa sin sentido —le dijo, dejando implícito un pacto de complicidad y travesura.
Johan estrechó su mano, prometiendo no decir nada.
En realidad, ella fue una niña de noble cuna, que nació en una importante familia de Evalin y creció destinada a ser una dama, a casarse y a engendrar niños para algún importante señor feudal. Mas su camino cambió de repente cuando fue secuestrada durante un viaje a Mogara.
—Iba a casarse con un joven caballero de Terra —declaró el anciano, que no parecía estar contando una historia, sino que más bien parecía estar viviendo un recuerdo.
En aquel entonces, esa niña tendría dieciséis años. Cualquiera en su situación habría llorado al terminar en un barco lleno de sanguinarios delincuentes.
Sin embargo, al ser capturada y privada de su libertad, ella se sintió, paradójicamente, liberada. Y, cuando comprendió las limitaciones del mundo en el que había nacido, nunca más quiso sentir las cadenas de la nobleza.
Lo que siguió fueron varias pruebas de carácter dentro de la tripulación que la llevaron a ser respetada.
—Apenas demostró que no podían quebrarla, los piratas comenzaron a darle espacio. Al cabo de un tiempo, nadie era digno de acercársele.
Finalmente, comprendió lo que su belleza provocaba en los demás y aprendió a usarlo con astucia. Desde entonces, nadie fue capaz de detenerla.

Su leyenda resonó a lo largo y ancho de Gaia. La Flama del Mar, le decían algunos que en secreto admiraban su belleza. La Princesa Escarlata, le decían aquellos que temían su rabia.
—Y tú, abuelo, ¿cómo le decías?
—¿Yo? —Elliot se echó a reír. Miró al pequeño, que esperaba su respuesta con los ojos abiertos—. Ailish. Solía llamarla Ailish.
—¿Eran amigos?
—En realidad, yo no podría decir que era amigo de los piratas, Johan; fui más como un… pasajero temporal e involuntario. Y, más tarde, un aliado circunstancial.
—No entiendo, abuelo… —se fastidió el pequeño.
—Ya te iré contando el resto y entenderás lo que quiero decir.
Elliot volvió a revolver los cabellos de su dulce nieto.
—Pero entonces, ¿cuál fue tu relación con la Princesa Escarlata?
El anciano enderezó su postura y, con suma calma y solemnidad, le dijo:
—Fui uno de los pocos que ella consideró digno de acercarse.
Luego de eso, Elliot calló y sopló la bujía que mantenía la luz de la habitación prendida.
—Descansa, Johan… —le dijo al salir por el vano de la puerta.
Mientras cerraba la puerta de la habitación, lo invadió la nostalgia.
Los piratas no habían sido una fuerza positiva en el mundo. Pero, tras haberla conocido y después de todo lo vivido, le resultaba imposible odiar a la Princesa Escarlata.
Elliot sabía la verdad de la historia.
Al final del día, fue una líder capaz de organizar a una de las bandas más salvajes y rabiosas de la historia e inculcarle honor. Tomó decisiones que muchos hombres no se atrevían a tomar.
Por eso mismo, fue la fugitiva más recordada de todos los confines.
Pero también, por sobre todas las cosas, fue una mujer que entendió la magnitud de sus talentos, que torció su destino de servidumbre y formó una familia junto a todos los que alguna vez habían sido prisioneros.
